miércoles, 20 de agosto de 2008

Bizarrismos


De todos es conocido el poder terapeútico de la música. A veces encuentras la melodía o las palabras exactas que describen lo que estás sintiendo. A veces un reef de guitarra te evoca experiencias que creías haber olvidado.
Alguien da forma a aquello que te parecía imposible descifrar en tu interior, y es el mayor consuelo y el mejor bálsamo para dejar de sentirnos, al menos por un momento, incomprendidos, complicados, frikis, desgraciados o solos en el mundo
.

Hay gente que hace música mágica e indescifrable, y algunos grupos noveles del panorama nacional encajan ahora mismo en esa categoría.

McEnroe son melancolía pura en vena. Cada tema provoca un estado de ánimo más extraño que el anterior, con letras cotidianas que hablan de desamor y de parajes desérticos.


Triángulo de Amor Bizarro han creado con su Fantasma de la transición la mejor y más sutil apología del espíritu adolescente, de las primeras aventuras nocturnas, de aquella pureza que nos dejamos en el camino. De la primera vez, en definitiva.

Vetusta Morla tiñen sus letras de un algo cinematográfico, que no sabes muy bien dónde te lleva, pero en cualquier caso es un lugar que te resulta familiar. Escucharles es como experimentar un déjà vu.

Los Punsetes, como solían hacer Los Smiths, interpretan trágicamente las letras más absurdas. En el fondo no se toman demasiado en serio, así que pueden decirte que quieren “morir en una discoteca llena de maricas” como si de una terrible confesión se tratase. Resulta muy evocador.

Es un alivio saber que todavía gente especial en el mundo
.

jueves, 10 de julio de 2008

Hotel


Llámenme masoquista, pero lo cierto es que sentí la necesidad de volver al escenario de nuestro primer viaje.
Soy una persona de impulsos, así que tomé el primer avión a Barcelona y me alojé en el cuarto donde, cinco años atrás, fuimos felices. Bien pensado, creo que el tiempo que pasé con ella fue un afortunado paréntesis, una anécdota en una vida abocada al fracaso y la soledad.
El hotel era uno de esos locales pretenciosos que se autodenominan boutiques, y contaba con una biblioteca compuesta por los libros que los huéspedes dejaban olvidados en las habitaciones. Bajé en busca de palabras de consuelo, aunque fuesen escritas. Mi viaje no estaba siendo todo lo terapéutico que esperaba.

Entonces, lo vi. Lo abrí. Mi propia letra en la primera página. Mi dedicatoria.
Aquel párrafo que ella había subrayado, como una premonición macabra de lo que nos ocurriría cinco años después.

*Relato participante en el concurso de Microrelatos de la Fnac, cuya temática gira en torno al libro.

jueves, 12 de junio de 2008

Verano del 97

Foto: Pinkipeka

Corría el verano del 97,
y corría veloz, precoz y ávido de nuevas experiencias.

Era la noche del año,
y teníamos por delante tres flamantes y tórridos meses
llenos de posibilidades.

La humedad empapaba nuestra piel púber
y nos prestábamos vestidos baratos de colores chillones.


Babeábamos y mordisqueábamos
la botella de calimocho sin piedad,
en un ritual fraternal
de intercambio de fluidos.

Y era un espectáculo vernos tan excitadas y expectantes,
el cielo centelleante de fuegos artificiales
como nuestros estómagos temblorosos y adolescentes.


De lo que ocurrió aquella noche
no hablaremos aquí.